La Culpa La Tiene El Destino

Mi primer episodio, capítulo o como le quieran decir. Este blog esta dedicado a la memoria de un hombre al que le entregué todo a cambio de nada, el hombre que me amó a su manera, de quien me enamoré y por quien soy lo que soy ahora.
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Fué un Lunes, 5 de Mayo del 2008 para ser
precisos. Yo me levanté temprano para recorrer 2 horas en el transporte y revisar una calificación que me esperaba y me diría si me condenaba al infierno de sufrir un examen final o no. Me vesti normal, con mi estilo "emo" que mis amigos me dieron el (dis)gusto de etiquetarme: converse rotos, pantalón negro y una camiseta roja, con los típicos accesorios: pulseras y collares baratos. Un maquillaje informal y un peinado que me hacía sentir bonita completaron el cliché.
Salí al frío, puse mi música y sin más ni mas me dispuse a hacer ese recorrido para mi eterno y estúpido de viajar, ver una lista y regresar a mi casa a no hacer nada. En fin, llegue cheque y me salvé del infierno que otros de mis compañeros estaban a punto de vivir. No tenía más que hacer, así que me senté en el frío concreto, me fumé un cigarro y dejé que el tiempo siguiera su marcha hasta que saliera un poco de sol y me diera la gana de regresar a mi aburrida rutina de las vacaciones veraniegas.
Dieron las 12 y pensé que sería preciso marcharme, me haría otras dos horas de camino entre calor, cuchicheos, cumbias y groserias del transporte. Llegaría, comería, seguro vería televisión, computadora, más televisión y dormir. Típico. Me dispuse entonces a irme, me despedí, tomé mis cosas y decidí caminar hasta la parada de mi carrosa pública que se encargaría de llevarme a casa. Caminé cerca de 10 minutos y llegué, un poco acalorada, un poco antojada. Fuí a una de esas plazas fresas que quedan justo frente a la parada y me dispuse a comprar un cono de helado. Nunca me ha gustado ir a esos lugares, donde va pura gente ricachona con aires de grandeza a gastar el forro de la quincena en tonterias y te miran de arriba a abajo como diciendo "a esta no la deberían dejar entrar". En fin, me hice la loca, subí por mi helado y bajé lo mas rápido posible.
Tengo mis caprichos, uno de ellos es que no me gusta comer mientras voy en el camión, por eso del ajetreo, la gente, ir como sardina y pensar que con un frenon todo se te va a las piernas y terminas como vómito de crío. Me dispuse entonces a comerme mi rico helado afuera de la dichosa plaza, en una jardinera cerca del camión para terminarlo e irme directo. Me quité la chamarra morada y rota que en ese entonces era mi favorita aunque me diera un aire de pordiosera y la puse al lado. Me comí mi helado con todo el placer que mi paladar pudo brindarme, mientras en mi teléfono con manos libres sonaba una canción de The Beatles, típico en mi soundtrack.
Tarareaba el "All you need is love" sin emitir sonidos de mi boca, solo moviendo los labios cuando lo ví por primera vez. Divino, hermoso... épico. Vestía unos jeans gastados color azul, una chamarra deportiva azul con blanco, unos "tenis casuales" de color café y una guitarra. No era el mejor atuendo, lo sé, pero me fascino. Nuestras miradas se cruzaron y me brindó una sonrisa cálida, tan cálida que se me olvidó el bochorno del sol y que el helado empezaba a gotear en mi mano. Sonrisa perfecta, ojos grandes, alto, cabello oscuro, piel clara y una barba de esas sexys de 3 días sin rasurar. Era mi hombre perfecto, como me lo había recetado el doctor.
Lo salude con muchísima pena y me voltié como si no lo hubiera visto. Pense "¡Wow! ¡Es magnífico! Pero es mucho para mí" y me resigne a mi mala suerte, a mis Beatles y a mi helado. Después de morder el cono y limpiar mis dedos escuche el sonido más hermoso: el rasgueo de una guitarra. Sublime, espontáneo y delicado. Miré hacia atrás y estaba él, a unos 3 metros de distancia, sentado, afinando su guitarra como todo un experto en el arte, metido en su mundo y yo sumergida en su imagen, hasta que sintió mi mirada y alzó su cara de golpe. No pude ser más tonta y voltear pensando "tragame tierra", con mis mejillas ya rosadas y mis manos frías, temblando... Lo miré de reojo y me dí cuenta que él me miraba a mí, con dulzura, riéndose de mis actitudes bobas y mi torpeza para encubrir lo que pasaba dentro de mí. Me reí también. Miré el reloj y ya habian pasado 40 minutos desde que supuestamente ya me iba a ir. Estaba en un dilema, no sabía si irme o quedarme a ver que pasaba. Ya era obvio que algo pasaría, pero recordando mis experiencias pasadas con desconocidos era una pauta para salir corriendo y olvidarme de todo. No lo hice.
Estuvimos en ese "coqueteo" cerca de 20 minutos, hasta que él me invitó a sentarme a su lado. Yo me hacía la loca, la despistada... no sabía, estaba en un dilema moral y emocional. Siempre he sido impulsiva, defecto o cualidad, no lo sé, pero quien manda en mí siempre es mi corazón, así que después de muchos ruegos de parte suya me animé a levantarme y sentarme junto a él. Los 3 metros de camino se me hicieron eternos, no sabía ni qué le iba a decir o qué pasaría despues... Lo único que sabía con certeza es que me iba a gustar y lo que no sabía aún era que iba a estar con él el resto de sus días.

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