La Alameda

"Hola, ¿sí vas a poder venir o no?". Ese fué el mensaje que le escribí desde mi teléfono a su móvil. Llevaba media hora esperandolo y no había aparecido aún. Ni una llamada, ni un mensaje, una cancelación. Nada. Me sentí un poco desconcertada y a la vez tonta por creer que en verdad iría. Un sin fin de gente esperaba igual que yo a que llegaran sus respectivas parejas. Esa plaza siempre a sido punto de encuentro para muchas reuniones. Iban y venían, todos contentos y yo sola, pensando que tal vez estaba haciendo el ridículo y no faltaría el chismoso observador que se diera cuenta que ya llevaba tiempo esperando y probablemente me habían dejado plantada. No quise llamarle porque nunca a sido mi estilo llamar en este tipo de situaciones. Si mando un mensaje y no me confirman, entonces ¿tiene caso llamar si no quieren hablar contigo?. En fin, así paso el tiempo. Solo esperé porque no tenía nada mejor que hacer y porque tenía esa pequeña esperanza de que él llegara.
La noche anterior me había salvado de que me aniquilaran en casa y dormí entusiasmada por lo de hoy. Me levanté temprano, me vestí, me arreglé o al menos hice el intento de verme bien. Calculé el tiempo y pense en llegar con unos 10 minutos de anticipación al lugar, por si necesitaba una última manita de gato o necesitaba pasar al sanitario. Había llegado y él no.
Dieron 10:20... 10:30... 10:50... 11:00 am y nada. Estuve a punto de llamarle, incluso de irme cuando él aparecio. Aprisa, jadeante y gritándome "¡perdón!". Vestía formal, se veía mejor que ayer sin duda: una camisa azúl, un pantalón de vestir oscuro, zapatos de vestir o como yo les digo "de empresario" y su guitarra clásica. En cuanto lo ví se me olvidó el enojo y la desesperación de que él llegara una hora después.
-Hola. Perdón la demora. Quise probar una nueva ruta según para llegar más rápido y no me sirvió.
-Jajaja. Sí me di cuenta. Te mande un mensaje, pense que no ibas a venir.
-Sí leí tu mensaje, pero no tengo crédito en mi teléfono. ¿Cómo crees que te iba a dejar plantada? Eso jamás, mucho menos a tí. Me dio mucha pena con tu mensaje, ¿te enojaste?
-Pues no, mas bien fue como una decepción. Bueno, pensé, pero ahora que te veo aquí pues no hay tal.
-Que bueno, y en serio perdón. No vuelve a pasar. Yo soy muy puntual, fue cosa del camión y el chofer. Bueno, ¿tienes hambre?
-Mmm, la verdad no. No estoy acostumbrada a desayunar.
-¿En serio? Bueno, por hoy al menos vas a tener que hacer la excepción. Yo te prometí un desayuno.- dijo sonriente.
-Pues sí, tienes razón. Ok, vamos entonces.
Caminamos un par de calles, tomados de la mano. Él insistiendo con sus disculpas y yo perdida en la fragancia que se había puesto. Llegamos a un restaurante que está frente a un parque muy bonito. Me jaló la silla para que me sentara, como todo un caballero y él se sentó frente a mí. Pedimos un desayuno y mientras lo preparaban seguímos charlando.
-¿Cómo te fué ayer en tu trabajo?
-Pues bien, como te dije en las noches siempre me va mejor. ¿Te regañaron en casa?
-Pues sí, lo normal, pero nada de qué preocuparse. El regaño valió la pena.- y cogí sus manos entre las mías.
-Pues sí, valió la pena, pero no me gustaría meterte en problemas. ¿Por qué no les dices la verdad?
¿Decirles la verdad? ¿Estaba loco? Mis padres hasta cierto punto son lo que se considera "buenos padres", ya saben en el sentido de que me dan todo lo que está en sus manos para que me eduque y viva más o menos bien, pero no son ellos precisamente los padres con los que me puedo sentar a hablar cómodamente de todo, como varios de mis amigos sí pueden. Mi papá es un hombre reservado, rara vez esta en casa y rara vez esta contento. Normalmente nuestras charlas tratan de la escuela, que no me drogue, que me porte bien o me largue de su casa. Mi mamá es más tranquila, con ella se puede bromear de vez en cuando, a ella se le piden los permisos, prácticamente nos mantiene a mi hermana y a mí e intercede cuando necesitamos hablar de algo con mi papá, pero ni ella que es más "buena onda" me permitiría tener novio, mucho menos uno ocho años mayor que yo y que acababa de conocer. Además aún no eramos novios, no tenía mucho caso pisar ese terreno minado a cambio de nada seguro todavía.
-Pues no me es fácil hablar con ellos. Además se lo que dirían: NO. Mi papá tiene una regla de oro: nada de salir con chicos hasta terminar de estudiar.
-¿En serio? ¿Por qué?
-No sé, supongo que para cuidarnos a mi hermana y a mí. Claro que he tenido novios, pero siempre a escondidas.
-Oh, bueno... supongo que va a ser un problema que te dejen salir conmigo ¿verdad?
-Mientras haya excusas y pretextos a la mano, tú siéntete tranquilo.- Ni yo me la creí, la verdad es que sí iba a ser un problema, un gran problema y más en esta época de vacaciones, donde no se puede decir "me voy a quedar a estudiar hasta tarde". Algo se me ocurriría, pero eso ya sería después.
Nos trajeron el desayuno que la verdad no se me antojaba. No soy mucho de comer, como una vez al día y rara vez ceno. Hoy tenía que romper la regla de mi alimentación y no era la única que iba a romper en un futuro. Comímos y en lo que yo iba empezando él ya iba a la mitad. No sospeché nada, hasta meses después descubrí que él era un glotón y me preguntaba cuál era su secreto para comer tanto y seguir tan delgado. Él pagó la cuenta aunque tampoco es muy lo mío que me inviten. Siempre cargo mi dinero para pagar mínimo la mitad, pero él no me permitió hacerlo. Nos levantamos y fuímos a caminar al parque. A pesar de que estaba cerca de mi escuela nunca había ido. Mis amigos me invitaban a sus casas a festejar por cualquier cosa o sin festejar nos reuníamos a platicar, beber y fumar pero eso de parques y todo ese ambiente romántico aún no lo conocía.
Fuimos a una banca a platicar, de ahí a una jardinera y de ahí a un quiosco. Andabamos de aquí para alla, como presumiendo que nos teníamos el uno al otro, habando de trivialidades. Nos sentamos en las escaleras del quiosco que estaba vacío y yo compartía uno de mis grandes placeres.
-¿Has leído alguna vez a Oscar Wilde?
-No, no soy mucho de leer.
-Pues deberías, no sabes de lo que te pierdes. Yo me estoy leyendo "El Retrato de Dorian Gray" por segunda vez. Es uno de mis libros favoritos.
-¿Ah sí? ¿De qué se trata?
Y ahí estaba yo, contándole inocentemente la historia del vanidoso, pecador y narcisista Dorian Gray. Me sé el libro de memoria, así que los mínimos detalles que me fascinaban se los contaba y él tan travieso no me prestaba ni pizca de atención. Sus manos empezaban a recorrer de nuevo mi cuerpo, como ayer pero un poco más acelerado. De nuevo me sentía incomoda. No podía negar que mi curiosidad y mi fantasía de que alguien me tratara así estaba haciéndose realidad, pero no era como yo me lo había imaginado. Discretamente traté de apartarme de él para que no siguiera, pero no pude. La pena y la inocencia me cohibieron y me prohibieron pedirle que parara. Cuando por fin se detuvo sentí un alivio que me duró aproximadamente cinco minutos.
-Ven, vamos a otro lado.-dijo él, mientras me tomaba de la mano.
Me deje llevar a un lado más profundo del parque. Estabamos detrás de una fuente tipo catarata, de esas que escurren agua por la pared. Se veía que tenía un tiempo sin funcionar por la basura y el moho que empezaba a aparecerle en los azulejos. Fuimos atrás de ésta dichosa pared y estabamos cubiertos del otro lado por arbustos y árboles, de modo que nosotros veíamos a los que pasaban por ahí y ellos no nos veían, a menos que se fijaran muy bien. Él me apoyó contra la pared, puso su guitarra a un lado y comenzó a besarme con intensidad, comenzó a tocarme todo el cuerpo y yo tan inexperta tenía miedo. En realidad nadie me había tratado de la forma en la que él me trato. Siempre eran besos, mano sudada y abrazos, nada fuera de lo normal y él comenzaba a iniciarme en algo en lo que no estaba preparada. Él no se dió cuenta de mi incomodidad hasta unos minutos después, cuando yo ya estaba al borde del pánico y pensando en que todo estaba mal y sintiéndome "sucia" como muchos catalogan.
-¿Pasa algo?
-Se repitió lo de ayer... No sé, me siento rara, es que no estoy lista para nada de esto, jamás me había pasado.
-¿Nunca? ¿Jamás? ¿Nadie lo intentó? ¿Ni tú?
-Pues no. Me había pasado por la cabeza sí, pero no lo había llevado a la realidad ni pensé que me sentiría así de rara.
-Oh bueno. Prometí que no lo haría y mira nada más. Perdon, es que yo soy así.
Y en realidad sí era así. Después de un rato de disculpas y pena nos encaminamos a irnos. Él tenía un evento y yo tenía que llegar relativamente temprano para compensar el retraso de ayer. Esta vez me subí en la base al camión y me senté, no sin antes despedirme de él con un abrazo fuerte, un beso dulce y una caricia en la mejilla, promesa de que esto iba a continuar.
Y así fué ese día, habían pasado apenas 24 horas desde que habíamos hablado por vez primera y yo sentía como mi corazón se aceleraba con sus mensajes y sus llamadas que no se hicieron esperar después de este encuentro. Cada día ansiaba verlo más y más, sabiendo que los episodios incómodos seguirían repitiéndose y yo tenía que decidir si desistía o le agarraba el ritmo. Él era más grande, ya se había casado y tenía mucha experiencia. Yo era lo contrario, pero no estaba dispuesta a perderlo por mi timidéz. Algo en él me daba esa confianza de aprender lo que aún no sabía. Sabía claramente que con él quería aprender y él estaría dispuesto a enseñarme, aunque a decir verdad ese día me sentí bastante mal con mi conciencia. Ese parque, la famosa Alameda Sur fué cede de nuestros muchos encuentros pasionales, escondidos en la fuente. Cada vez que me llevaba de la mano a desayunar ahí sabía que después comeríamos el postre en la intimidad que el parque nos ofrecía. Al principio fué incomodo, muchas veces tuve duelo con mi conciencia cuando esas caricias se aceleraban y terminábamos ambos con alguna prenda arriba o abajo o nuestras manos en lugares inimaginables. Algunas veces me iba contenta, algunas otras decepcionada de mis actitudes. Él se convirtió en mi droga, en mi nuevo juguete didáctico donde podía aprender y que aprendieran de mí. Los recuerdos amartillaban mi cabeza por la noche y al despertar con un mensaje suyo en el móvil se disipaban para volverse todo un encanto.
Han pasado años desde esos encuentros y aún los recuerdo con detalle. Cuando visito la Alameda paso por ahí y sonrío. Es inevitble.

2 Response to "La Alameda"

  1. ERICK ALEJANDRO says:
    21 de junio de 2011, 20:59

    Si no lo dejaste de escribir es porque... Quizás aún duela un poco, pero creo que vale la pena seguir. Es un blog totalmente distinto a fabrica de mentiras, allá eres la reina de las palabras, la reina de las letras... Aquí eres la reina de tu propia mente y me gustaría poder conocer un poquito mas de Eva y su gran amor. Ojalá pronto haya mas entradas.

  2. Jorge Ampuero says:
    31 de julio de 2012, 21:21

    Certera prosa.

    Saludos ;)

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